domingo, 29 de noviembre de 2009

Crimen y Castigo. (Fragmento)








"Ahora bien, soñaba que iba con su padre por el camino que conducía al camposanto y pasaban frente a la taberna; tomado de la mano del padre, miraba con terror hacia el antro. Un detalle singular llamaba su atención: se estaba realizando una verdadera saturnal; había toda una colección de pequeñosburgueses endomingados, mujeres del pueblo con sus maridos y multitud de individuos de bajo fondo. Todos estaban ebrios y cantaban con voces aguardentosas. Frente a la entrada de la taberna había una carreta, uno de esos enormes vehículos a los que de ordinario se enganchan fuertes caballos de tiro para el transporte de mercaderías y toneles de vino. Siempre le gustaba contemplar esos poderosos animales, de largas crines y patas robustas, que marchaban apaciblemente con paso rítmico, arrastrando carretas cuya carga hacíales asemejarse a montañas, sin demostrar la menor fatiga, como si esos fardos fueran para ellos un alivio en lugar de un enorme peso.
Pero, cosa extraña, a ese vehículo estaba atada una escuálida yegua, uno de esos lamentables rocines que arrastran penosamente cargamentos de madera o de heno por caminos intransitables en los que las ruedas de hunden hasta el eje, y que los campesinos castigan sin piedad a latigazos en el hocico y hasta en los ojos, con tal crueldad que daban ganas de llorar al niño y que hacía que su madre lo alejara de la ventana. De pronto se escuchó un gran alboroto: varios robustos mujiks salieron de la taberna gritando, cantando y tocando la balalaika, borrachos perdidos. Llevaban camisas rojas o azules, y la blusa sobre el hombro.
-Suban, suban todos -gritó uno de ellos, un campesino coloradote y con cuello de toro-. Yo los llevo a todos, suban.
Los demás acogieron sus palabras con risas y exclamaciones.
-¿Con esta yegua tísica quieres llevarnos?
-¡Eh, Mikolka! ¿Estás loco? ¿Cómo se te ocurre atar este bicho tan chico a una carreta tan grande?
-¡A fe mía que esta bestia debe tener veinte años, por lo menos!
-¡Suban todos; yo llevaré a todo el mundo! -gritó de nuevo Mikolka y subió de un salto, apoderose de las riendas y se iguió cuan alto era.
-Matvei se llevó el caballo bayo -agregó-, y esta yegua infame es para mí una verdadera plaga. Creo que lo mejor sería matarla; no vale lo que come. ¡Vamos, suban! ¡Van a ver cómo la hago galopar!
Empuñó el látigo con fuerza, como si saboreara de antemano la voluptuosidad de castigar al pobre animal.
-¡Bueno, subamos! -dijo alguien del grupo-. Ya lo han oído. ¡Dice que esta yegua va a galopar!
-¡Pero si debe hacer más de seis años que no corre!
-Ahora va a correr...
-¡No le tengan lástima, amigos! Que cada uno agarre un palo y se disponga a usarlo...
-¡Vamos a golpear sin asco!


-Fedor M. Dostoievski.


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